Toda familia necesita un lugar donde estarlo en serio. Un espacio donde los hijos tengan su rincón, los adultos el suyo, y donde todos acaben encontrándose de forma natural alrededor de una mesa, de un sofá, de una chimenea.
Esto es lo que buscábamos en esta reforma: que la casa se adaptara a la familia, y no al revés. Integrar la cocina en la sala de estar fue la primera gran decisión para convertir toda la planta en un único espacio abierto donde la vida pasa sin interrupciones. Lámpara natural, maderas de tono miel y blancos que no cansan se esparcen por toda la planta. Los armarios, iguales en frentes y acabados en la cocina y en el salón, lo unen todo visualmente y guardan todo lo que una familia acumula, sin que se note.
La chimenea, incorporada de nuevo en la reforma, ancla el salón desde la pared lateral. De esas decisiones que parecen pequeñas pero acaban dando una atmósfera diferente al espacio. Como la escalera, ahora camuflada detrás de unos listones verticales de madera que la enmarcan, filtran la luz y dividen el espacio sin cerrarlo. A su lado, un sofá grande y generoso, pensado para albergar todos esos momentos en familia que una planta abierta invita a tener.
En el piso superior, cada dormitorio tiene su propio carácter: un textil diferente, un color, un ambiente. Porque cada uno merece un rincón que sienta suyo. Los baños, resueltos en microcemento y con un diseño muy depurado, mantienen el mismo espíritu: nada más.
Un dúplex que sabe guardar la intimidad de cada uno y, al mismo tiempo, invita a compartirlo todo.






















